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El cuerpo que ríe: dinámicas de la comicidad teatral

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Instituto de Investigaciones Filológicas
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Abstract

En “El teatro y la peste”, Antonin Artaud expuso que según San Agustín la acción destructora de la peste semeja la del teatro: la primera lleva hasta la muerte sin acabar con los órganos, y el segundo provoca en el espíritu —lo mismo de los individuos que de los pueblos— misteriosas y peligrosas alteraciones. El teatro tiene la capacidad de perturbar, de transformar, porque el espectador se entrega a la escena y a través de la percepción de dos sentidos básicos, la vista y el oído, acepta como una realidad momentánea la magia del escenario. Esta capacidad del arte de sustituir la verdad por la ficción hasta conducirnos a estados catárticos de risa o de llanto está íntimamente relacionada con la forma de operar de la percepción humana. Cuando vamos al teatro o al cine somos plenamente conscientes de que estamos ante una imitación de la vida; sin embargo nuestro “espíritu” acepta este evento como si fuese verdadero, y “vivimos” lo acontecido. La intensidad de una escena puede ser tal que pase a formar parte de nuestra experiencia de vida y en incontables ocasiones cuando la memoria nos la devuelve por alguna asociación, la mente duda si pertenece a lo real o es una honda vivencia de otra índole como los sueños, la imaginación, la ficción, el delirio. Esto se acentúa en el teatro, en donde una puesta en escena se verifica ante nuestros sentidos y son éstos los que perciben lo que de hecho “está sucediendo”. El teatro es pues una realidad para hombres de carne y hueso que actúan en un espacio y un tiempo específico (no son las hojas de un libro, ni un lienzo, ni metal, ni la proyección de un celuloide). Los sentidos lo reciben, la emoción lo constata, toca a otros procesos mentales darle su sustancia específica.

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